A mediados de los sesenta Guy Debord, apóstol de la Internacional Situacionista, predicó la “sociedad del espectáculo”. Una lectura actualizada del marxismo le permitió detectar que en las sociedades postindustriales y mass-mediáticas la alienación sobre el ciudadano se ejercía desde el monopolio que el Poder tenía del espectáculo. Habíamos pasado del proletariado al espectaculotariado. En este alborear del siglo XXI la evolución de nuestras sociedades no ha hecho sino confirmar la profecía situacionista. En un mundo globalizado en el que los macrosistemas de pensamiento han saltado hechos pedazos, reinan las recetas simples, bien publicitadas y reiteradas ad infinitum. Lo importante no es la coherencia de un discurso, sino la adhesión empática con el vocero del mensaje. La reelección de Bush Jr., cuya acción política fue en la primera legislatura una sucesión bochornosa de incoherencias socio-políticas, es un ejemplo paradigmático. El gran mérito de Juan Pablo II ha sido detectar este “signo de los tiempos”: el aggiornamento del Concilio Vaticano II ha sido entendido por él en clave de alquimia comunicativa. De este modo la palpable crisis de la Iglesia Católica occidental ha sido conjurada a través de la magia del espectáculo. Si los templos estaban vacíos, Wojtyla lograba convocar masas de fieles en sucesivos records; frente al descenso de vocaciones, el pontífice polaco se ha dado baños de masas juveniles, los desafíos ideológicos y sociales dentro de la Iglesia se han velado igualmente con etéreos mensajes universales con los que es imposible estar en desacuerdo: paz, amor, libertad, solidaridad. Una hábil política de comunicación ha logrado que millones de teleespectadores invoquen su icono de “hombre bueno” y, tras su particular Calvario televisado, su súbita canonización. También en otros tiempos hubo santos por aclamación, Francisco de Asís o Teresa de Jesús sin ir más lejos, pero en ellos se reconocía un comportamiento evangélico documentado en numerosos hechos.
¿Es Juan Pablo II, como Francisco o Teresa, un sujeto evangélico? Me viene aquí un viejo lema católico que me permito variar en clave posmoderna: obras son amores y no buenas imágenes. ¿Qué obras fehacientes ha dejado este largo pontificado? En primer lugar, el declive de la Iglesia Católica se ha acentuado; más allá de las apariencias mediáticas, los datos son contumaces; el C.I.S. ha confirmado hace poco, a través de una gran encuesta, la descristianización imparable de la juventud española, los seminarios están cada vez más vacíos y las parroquias más servidas por sacerdotes importados del Tercer Mundo. La secularización en Occidente es incontestable y los ciudadanos –también la mayoría de los católicos practicantes- han cotidianizado un comportamiento contrario a la doctrina moral vaticana, especialmente en materia sexual. Quedan pendientes numerosos problemas sociales y humanos, aparcados/negados por Wojtyla, de una Iglesia que se quiera verdaderamente católica (universal): la integración total de las mujeres, de las minorías étnicas y sus culturas, de los homosexuales, el diálogo con la ciencia y la técnica, el ecumenismo, la convivencia de las diferentes perspectivas teológicas, etc. ¡Pocas nueces tras la estela de tanta interferencia mediática!
¿Ha avanzado la Iglesia de JP II en la senda de los Evangelios? Si atendemos a una lectura honesta de los sinópticos constataremos que el mensaje de Jesús de Nazaret se focaliza en el amor, pero señalando al mismo tiempo aquéllos que lo obstaculizan por su egoísmo e hipocreísa: el Poder y sus sicarios, llámense saduceos, fariseos, sacerdotes o romanos. El gran conflicto de Jesús es con los representantes del Poder que se resisten a asumir y que ven como peligrosa esa “buena nueva” (eu angelos) anunciada a los pobres (anawin). En la relación con el Poder comprobamos en qué medida ha sido el último pontífice seguidor del ejemplo de su Maestro. Más allá de las citadas bienintencionadas declaraciones universalistas y de determinadas condenas generales y retóricas (contra la intervención en Irak recientemente), este sucesor de San Pedro se ha mostrado como un Jefe de Estado que sólo ha mostrado su ira contra los dirigentes de su odiado comunismo; esa misma virulencia no la manifestó contra Pinochet o contra Bush Jr. en un momento en que éste atropellaba el derecho internacional y atentaba contra el más sagrado de los valores cristianos: esa vida que tan fervientemente ha defendido para los nonatos o enfermos terminales y que en Irak se sacrificaba por miles a cada hora en la infausta intervención/ocupación armada.
Y es que frente al concepto de eklessia (comunidad), que postuló el último concilio, invirtiendo el compadreo con el Poder que se había establecido desde el Edicto de Milán (313), JP II ha retomado el de “Cristiandad” nacido de esa oficialización constantiniana. En esta operación, en absoluto casual e ingenua, llevada a cabo por el Primado de Roma y la Curia, sobraban los disidentes, aquéllos que cuestionaban esa idea tradicional asentada en los dogmas y en una interpretación espiritualista de la doctrina católica. Los heterodoxos (los teólogos progresistas como Hans Küng, los teólogos de la liberación y la ecología) fueron amonestados oficialmente por el cancerbero Joseph Ratzinger. No por casualidad esas “ovejas descarriadas” fundamentaban su discurso teológico en el diálogo, el humanismo y en las alternativas cristianas al Poder. El bunker vaticano pactó entonces con los movimientos tradicionalistas que se focalizan en la espiritualidad y se desentienden de los asuntos mundanos (los relativos al Poder). Casualmente el Opus Dei, Comunione e Liberazione, los Legionarios de Cristo, etc. se caracterizan por su maestría para entretejer redes de poderío socio-político y económico que también sanean las finanzas vaticanas. Una vez unificada la Iglesia en pos de una lectura unilateral, sin “herejes”, la “Nueva Cristiandad” avanzaba viento en popa y era capaz de aniquilar el comunismo; y vencida la “Bestia atea del Este”, el enemigo sería la secularización y todos sus indicios mundanos. Tergiversando el epicentro del Evangelio, el énfasis condenatorio se puso en la moral sexual (¿recuerdan a Cristo escribiendo en la arena ante los que querían lapidar a la prostituta?). Entre tanto, los citados movimientos seguían urdiendo sus redes de Poder… y el Papa nos distraía, con innegable talento mediático, para que mirásemos en otra dirección.
Se había resucitado la Iglesia como maquinaria de Poder que fue capaz de conjurar las amenazas (el Humanismo y la Reforma) en el Concilio de Trento; allí nació el Catolicismo espectáculo de la Cotrarreforma, que se canalizó magistralmente a través del arte y ritual del Barroco y que fascinó a unos súbditos reducidos a espectadores pasivos de tanto oropel. El mérito del último papa ha sido reciclar esa estrategia en la sociedad de los mass-media y de la globalización y, como entonces ¿e incluso sin pretenderlo?, para provecho de los Poderes establecidos. El “catolicismo espectáculo” tiene incuestionables efectos terapéuticos -hace creer a los desheredados y a la gente común que se está trabajando por ellos…-, pero, más allá de los efectos narcotizantes, las enfermedades de la Iglesia continúan enquistadas y el reto de aproximarla al Evangelio sigue pendiente. Juan Pablo II, el grande, ha cumplido con esa misión posmoderna de cambiar la imagen de una institución languideciente para que nada cambie de verdad. Qui prodest?
(N.R) Este artículo se publicó en "El Periódico" de Aragón el 19 de abril de 2005
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