He de advertir, para comenzar, que en mi exposición, bajo el título de globalización e ideología, me propongo examinar críticamente los derroteros tomados por las ideas del movimiento de oposición al proceso de globalización capitalista.
A mi juicio, la cuestión posee especial importancia. Estamos ante una relación de ida y vuelta. Las ideas de un movimiento reflejan sus capacidades y sus límites, pero, a su vez, actúan sobre lo que un movimiento es. Una exigencia autocrítica específica en el campo de las ideas es una vía imprescindible para mejorar lo que todo movimiento pueda ser y hacer.
Antes de entrar propiamente en materia, haré referencia a los fenómenos ideológicos observados en las décadas anteriores, para enmarcar históricamente el curso actual. Sin volver la mirada atrás es difícil explicar lo que hoy tenemos ante la vista.
Influencia del marxismo en los años sesenta y setenta
Después de un agostamiento de las ideas radicales en la década de los cincuenta, los años sesenta estuvieron marcados por una acusada efervescencia en la escena internacional y por los conflictos sociales en bastantes países. A esa situación correspondió el renacimiento de la ideología que había contado con más predicamento a lo largo de la historia de la izquierda moderna, desde sus comienzos en la época de la II Internacional, entre 1889 y 1914. Esta ideología fue el marxismo en sus diversas ramas.
Cuando digo renacimiento estoy aludiendo a dos aspectos diferentes.
Uno es su presencia en los ámbitos académicos, lo que quiere decir un aumento del número de personas que se adherían al marxismo en diferentes disciplinas y un incremento también de las obras que vieron la luz en esos años en las que se manifestaban enfoques marxistas.
En este renglón hay que mencionar a los economistas marxistas norteamericanos agrupados en la Monthtly Review: Paul Sweezy, Paul Baran, Harry Magdoff y otros; a historiadores británicos como Edward Thompson, Christopher Hill, Eric Hobsbawm o George Rude; a filósofos de prestigio como los alemanes de la Escuela de Francfort, entre los que adquirió especial relieve en esos años Herbert Marcuse; a pensadores como Louis Althusser y André Gorz, en Francia, Galvano della Volpe, Lucio Colletti y Lelio Basso, en Italia, Raymond Williams, Ralph Miliband o Perry Anderson, uno de los editores de la New Left Review, en Gran Bretaña, Manuel Sacristán, en España, Ernest Mandel, en Bélgica, y muchos más.
Otro aspecto de este renacimiento fue la creciente influencia del marxismo en muchas organizaciones activas en las luchas sociales. Aquí ya no se trataba de actividad científica sino de la ideología marxista en sus diversas ramas. En este orden lo que primaba era la producción de culturas de identificación por medio de ideas y creencias, recuerdos y ritos, lenguaje, representaciones y leyendas.
Entre esas ramas pueden destacarse las siguientes.
En primer lugar, el marxismo soviético, cuyo bastión principal se encontraba en los Gobiernos de los regímenes proclamados marxistas y en los partidos comunistas, especialmente en los más próximos a la Unión Soviética.
En segundo término, el chino, que entró en conflicto con el anterior a comienzos de los sesenta y que, aún compartiendo ideas muy importantes con él, se desmarcó en puntos tales como el de las relaciones con los Estados Unidos, las formas de lucha que debían emplearse para transformar las sociedades o la evaluación del papel desempeñado por Stalin. Como expresión de la influencia del marxismo chino proliferaron en casi todo el mundo grupos maoístas.
El trotskismo estaba a su vez dividido en varias corrientes internacionales, en general de escasa implantación.
Aparte de esto, un marxismo más cercano al de la II Internacional, menos dogmático que los anteriores y más moderado políticamente, seguía teniendo algún peso en el interior de los partidos socialistas, a pesar de que varios de ellos estaban dejando ya de identificarse como marxistas.
Con todo, cuando hablo de renacimiento, no estoy sugiriendo que el marxismo, o los marxismos, en el plano académico o como ideologías de organizaciones y hasta de Estados, procediera a una renovación o diera lugar a transformaciones importantes del legado anterior. Fue un período constreñido por fuertes tendencias dogmáticas y sectarias. Se podía admitir que el marxismo necesitaba ser ampliado, pero no que tuviera defectos serios. Hay que recordar aquí las significativas palabras escritas por Perry Anderson en 1976, aplicables a la inmensa mayoría de los marxistas: “No hemos tomado con suficiente seriedad -escribió- la posibilidad de que en la herencia clásica [marxista] haya elementos no ya que sean incompletos sino erróneos” (Consideraciones sobre el marxismo occidental, 1976, Madrid, Siglo XXI, 1979, p. 136).
Cambio de signo en los años ochenta
Puede comprenderse esa reactivación del marxismo si se tiene en cuenta la notable agitación en la escena internacional, en la que tuvieron lugar algunas revoluciones y en donde permanecían activos importantes movimientos por la independencia nacional, a lo que se agregó, en la segunda mitad de los años sesenta, la oposición en Estados Unidos a la guerra en Vietnam, y, en el 68 y en el 69, las grandes movilizaciones de Francia e Italia.
La conflictividad de esos años propició la formación de organizaciones anticapitalistas, necesitadas todas ellas de una fuerte identidad ideológica. Casi todas volvieron la vista hacia una u otra de las ramas del marxismo, el cual ofrecía un cuadro ideológico que se adecuaba bien a las demandas de los nuevos grupos radicales. Los grandes problemas mundiales parecían revalorizar un marco explicativo como el del marxismo, unificador de una realidad dispersa, aparentemente capaz de armonizar las piezas del extremo desorden reinante.
Durante los años setenta se mantuvo una acentuada presencia del marxismo en las organizaciones situadas a la izquierda de los partidos socialistas. Pero, a lo largo de los ochenta, empezó a dibujarse una nueva realidad. Daré unas breves pinceladas para caracterizarla.
Primera: la débil respuesta de los partidos de izquierda y de la izquierda social, su desorientación y su desmovilización frente a las políticas neoliberales trajeron consigo una desmoralización en los ambientes de izquierda y un retroceso de las fuerzas organizadas.
Segunda: entre quienes habían participado en las experiencias de los sesenta, una parte se desplazó hacia otros horizontes. Abandonó los grupos a los que pertenecía, que en bastantes casos se disolvieron sin más, y se comprometió con ideas y movimientos nuevos. Los que alcanzaron más extensión fueron el feminismo y el ecologismo.
Lo mismo que en el anterior período de ebullición se habían generado abundantes y enérgicas convicciones, en éste, de retroceso, se abrió un proceso de descreimiento.
El debilitamiento y la fragmentación ulteriores de la clase obrera, como consecuencia de la crisis industrial y de las transformaciones neoliberales del mercado de trabajo, asestaron un nuevo golpe a las expectativas de los años sesenta.
El derrumbe, en fin, de la Unión Soviética y de varios de los regímenes que la tomaron como modelo minaron el credo marxista.
A comienzos de los años noventa, se batían en retirada dos piezas fundamentales de la cultura anticapitalista y del marxismo. El mesianismo, por un lado, asociado al mito de una clase obrera a la que se atribuía la misión histórica de emancipar a la humanidad, y, por otro lado, un talante utópico, basado en la creencia de que se poseía un proyecto consistente de transformación de la sociedad, proyecto que para muchas gentes estaba encadenado, tan imprudente como tozudamente, al precario destino de la Unión Soviética. El marxismo como ideología entraba en franco retroceso.
El giro de los años noventa
En los años noventa, si seguimos el hilo de las ideas del mundo social de la izquierda, encontramos grandes novedades.
Por de pronto, hay que aludir a la expansión en las sociedades occidentales de unas tendencias ideológicas alejadas de las grandes ideologías anteriores. Aunque siguen teniendo peso ideas y valores fuertes, pierden crédito los grandes proyectos de transformación social que habían tenido arraigo en el pasado; son rechazados los procedimientos violentos en la acción política; interesa más el corto y el medio plazo que el largo; se hace gala de realismo; cae la identificación con los partidos políticos; gana prestigio la actividad social frente a la acción política institucional.
Curiosamente, la situación de esos años, siempre en relación con el mundo occidental, evoca el diagnóstico que había hecho Daniel Bell a finales de los cincuenta cuando habló del fin de las ideologías y defendió que las viejas ideologías del siglo XIX se habían agotado (The End of Ideology, Glencoe, The Free Press, 1960).
Todo esto tenía una vertiente generacional significativa. En los sectores de la población más comprometidos socialmente, y siempre atendiendo al aspecto ideológico, se verificó un notable deslindamiento entre generaciones. Muchas personas de cierta edad seguían tomando como referencia las ideologías heredadas del siglo XIX, en tanto que los jóvenes que participaban en actividades sociales solidarias desconocían las tradiciones ideológicas de izquierda.
A mediados de la década de los noventa, las grandes ideologías socialistas del XIX habían reducido en extremo su influencia y eran ignoradas por los jóvenes. Esto puede afirmarse especialmente del marxismo, que fue la ideología socialista que había alcanzado una mayor irradiación. Hacia la mitad de la década apenas encontraba refugio en sectores muy minoritarios de personas de cierta edad y en los regímenes que hicieron del marxismo su ideología de Estado.
Una primera mirada sobre las ideas del movimiento antiglobalización
Simultáneamente, se fue gestando un nuevo movimiento internacional, al que se acabaría llamando antiglobalizador, o por una globalización alternativa, o, más recientemente, altermundista. Sus primeros pasos vinieron con la irrupción pública, en 1994, del movimiento zapatista y con la ola de solidaridad que suscitó en muchos países. Las primeras grandes manifestaciones públicas de este movimiento tuvieron lugar en la ciudad norteamericana de Seattle, en 1999.
Vaya por delante que se trata de un movimiento heterogéneo. Hay en él algunos sectores más tradicionales y otros más innovadores; unos más radicales y otros más moderados; más vinculados a ortodoxias anteriores y más alejados de ellas; más inclinados a los marcos ideológicos de conjunto y más dados a horizontes ideológicos limitados y parciales; hostiles a toda realidad político-institucional y partidarios de transformar las instituciones actuales. Por todo ello, cuanto sigue apunta a hechos y síntomas de cierta amplitud pero que no existen de una forma regular y homogénea ni tienen la misma envergadura en las distintas corrientes del movimiento altermundista.
En el orden ideológico, sus elementos más apreciables, a mi parecer, se desenvuelven casi siempre en una esfera crítica de naturaleza moral. Así, un elevado sentido solidario e internacionalista; o la oposición a la primacía de la economía sobre la sociedad y a la mercantilización de la vida social y del mundo; o la exigencia de la anulación de la deuda de los países periféricos; o las denuncias de la especulación financiera, de la desrregulación, de las políticas comerciales de las grandes potencias, del consumismo, de la adoración de la competitividad o del productivismo ciego... En este movimiento están muy arraigados valores tan necesarios como la solidaridad, la igualdad, la paz, la participación democrática, la defensa del medio ambiente.
Un aspecto reseñable, y muy positivo, es el hecho de que no haya cuajado una ideología rígida y pretendidamente completa del estilo de las del siglo XIX. Se observa, por el contrario, un universo ideológico flexible, amplio y plural, que constituye uno de sus mayores atractivos.
Junto a todo esto, y entre las facetas más características de este movimiento, hay que constatar una paradógica convivencia entre un deseo de novedad y la latencia de ideas ancladas en el pasado de la izquierda. Señalaré dos que, en mi opinión, resultan muy significativas.
En el movimiento alterglobalizador tiene alguna fuerza una representación del mundo en la que todo queda integrado en un sistema unificado, del que forman parte dos campos: el reaccionario, imperialista, contrario a la humanidad (el imperio, el sistema, el mercado, las grandes instituciones económicas internacionales y las multinacionales, que se describen como si constituyeran un todo sin fisuras), y el campo contrario. Según esa percepción, la unidad entre los enemigos de la humanidad es tan resistente que los conflictos entre ellos carecen de especial relevancia.
A veces tenemos la impresión de hallarnos ante una reedición de la teoría de los dos campos, el del imperialismo y el de la paz y la democracia, que patrocinó la Unión Soviética durante el período de la guerra fría. La vuelta de una teoría del mundo dividido en dos campos lleva a incluir a quienes nos oponemos a la política norteamericana, a la británica y a la española, en la medida en que España tenga algo parecido a una política exterior propia, a ser incluidos en el mismo campo al que pertenecen demócratas tan consistentes como Ben Laden o Sadam Hussein.
Por otro lado, si estuviéramos ante un imperio sin fisuras, ¿cómo explicar los conflictos generados tras el 11 de septiembre entre Estados Unidos y sus socios más fieles, por un lado, y Francia, Alemania y Rusia, por otro?
Asimismo, las concepciones más extendidas en el movimiento adolecen de cierto economicismo. Esto tiene una doble dimensión: la primera es la de la representación del mundo, según la cual las causas de los desastres sociales, ecológicos y de todo orden, son económicas, quedando en un plano muy relegado los factores políticos, estratégicos, religiosos o culturales. Y tiene también una dimensión política: los agentes que determinan el rumbo del mundo y contra los que deberían concentrarse las luchas sociales son económicos: las multinacionales y las grandes instituciones económicas internacionales, como si los Estados, en general, hubieran dejado de desempeñar un papel relevante.
El 11 de septiembre y el curso posterior pusieron de relieve los límites de las concepciones economicistas, tan extendidas en el movimiento antiglobalizador. El proceso abierto entonces subrayó los defectos de un enfoque simplista que ve los asuntos mundiales guiados por una fuerza motriz fundamental y ordenados por un principio organizador único, lo que se concreta en una percepción típicamente economicista y en una composición rígidamente bipolar, que focaliza la conflictividad internacional en la esfera económica, y que no tiene debidamente en cuenta ni la imbricación de las cuestiones económicas con los problemas territoriales, políticos y estratégicos, ni la pluralidad de agentes que determinan el estado del mundo.
En términos generales, uno de los principales talones de Aquiles del nuevo movimiento es su fragilidad teórica y política. Con frecuencia, el análisis de la realidad debe más a los supuestos ideológicos que un trabajo teórico exigente.
Hay que decir que, en cualquier caso, cuanto estoy señalando no se da de la misma forma o en el mismo grado en todos los sectores de este nuevo movimiento. Se trata de un movimiento muy heterogéneo, que está lejos de constituir un todo unificado.
Componentes del movimiento contra la globalización capitalista
Para poder interpretar lo dicho hasta aquí y para entender mejor la dinámica ideológica del movimiento, puede ser útil que nos detengamos unos momentos a examinar su composición. No aludiré a sus anillos exteriores, esto es, a los amplios sectores que participan del estado de opinión que encarna este movimiento pero que no están presentes en sus organizaciones más específicas. Me referiré tan solo a las tendencias ideológicas que se manifiestan en su parte más organizada y movilizada en las actividades propias de este movimiento.
En ese núcleo organizado se pueden distinguir tres estilos ideológicos o tres formas de abordar la cuestión ideológica. Pese a lo insatisfactorio que resulta cortar un movimiento como éste en rebanadas, más todavía si son sólo tres, creo que puede merecer la pena simplificar la realidad para ahondar mejor en su dinámica.
En primer lugar, observamos a sectores variados -encabezados por personas de cuarenta, cincuenta o sesenta años- que, al menos en su acción pública, ni se identifican con las ideologías del siglo XIX ni las discuten. Quizá para no violentar la pluralidad existente y por razones de eficacia se centran en promover determinados objetivos que, generalmente, tienen un carácter preciso y localizado en un terreno específico. Éste es el modo de operar, por ejemplo, de Vía Campesina, de Atacc y de numerosas organizaciones no gubernamentales.
Ni estas organizaciones ni sus líderes se muestran directa y abiertamente comprometidos en la tarea de criticar las ideologías del pasado o de auspiciar nuevos cuadros ideológicos.
En el movimiento antiglobalización encontramos, en segundo lugar, a sectores juveniles muy diversos que tienen un peso importante en las movilizaciones. Desde el punto de vista ideológico, muestran unas características poco definidas. Se mueven por valores morales y por grandes ideales poco precisos; a veces también por objetivos muy concretos y parciales. No enlazan con las tradiciones de izquierda. Ante las ideologías más hechas (marxismo, anarquismo), ideologías que, por lo demás, no conocen, se muestran distantes y un tanto neutrales. Ni las aprueban ni las desaprueban. En algunos casos preconizan una fusión de lo bueno de unas y otras.
Hay, en tercer lugar, un sector extremadamente heterogéneo de miembros o antiguos miembros de partidos comunistas, de organizaciones de extrema izquierda, de simpatizantes con el Gobierno cubano, de integrantes de pequeños grupos anarquistas y autónomos, que se identifican con alguna de las grandes ideologías de la izquierda.
Este tercer sector no es homogéneo tampoco en el plano generacional. Hay mayores y hay jóvenes, entre estos últimos bastantes que se han adherido a una de estas ideologías durante el período de existencia del movimiento antiglobalización. Por supuesto, tal adhesión no implica la asimilación de un amplio cuerpo de ideas. Supone más bien sumarse a unas pocas ideas y proclamar una fe que permite sustentar una identidad personal y pertenecer a un universo colectivo.
Tiempos ideologizados
En este último período, que es el actual, se advierte una creciente ideologización.
Entiendo por ello un aumento de la temperatura ideológica; un incremento del peso de las grandes composiciones ideológicas en la vida social, en las relaciones políticas y en la política internacional; una exacerbación de la lucha ideológica entre partidos y gobiernos; una mayor presencia de los prejuicios ideológicos a la hora de definir políticas y de tomar grandes decisiones. Esto es lo que sucede desde finales de los ochenta y lo que se ha agravado desde hace dos años, tras el 11 de septiembre.
Pero, para precisar el cuadro en relación con los movimientos antiglobalización, ha de agregarse que se trata de una mayor ideologización marcada por las ideologías del pasado.
En unos casos nos hallamos ante la reafirmación de una fidelidad al marxismo que ya existía anteriormente pero que en los años noventa había permanecido aletargada y a la defensiva y que hoy se reanima.
En otros muchos casos advertimos la presencia de viejas ideas expresadas frecuentemente bajo nuevas formas. No es una vuelta en bloque y explícita al marxismo, o al anarquismo, que también hace acto de presencia en este proceso. No es que los miembros de este movimiento pasen a proclamarse en masa marxistas o anarquistas; es algo bastante diferente. La adhesión explícita al marxismo o al anarquismo sigue siendo en este período cosa de pequeñas minorías. El revival más extendido es más parcial, disperso e indirecto. Se puede describir como una creciente influencia de viejas concepciones propias de la ideología marxista más elemental.
Se opera, así, un proceso ideológico de marcha atrás, esto es, la adopción acrítica de elementos inservibles de las ideologías anteriores, proceso del que muchos de los jóvenes que lo encarnan no son conscientes pues la debilidad de su cultura teórica e histórica les hace ver como nuevas ideas bastante rancias.
Tentativa de explicación de la actual ideologización
¿Por qué se registra esa ideologización en los últimos años?
Respecto a este punto, esbozaré un par de notas explicativas.
Constatamos que estamos en un período en el que han madurado los problemas que nos agobian desde hace un cuarto de siglo: la inestabilidad económica, el debilitamiento de las funciones sociales de los Estados, la reestructuración laboral, fuente de inseguridad y de fragmentación, la pobreza en el mundo, la ausencia de políticas de inmigración adecuadas a la magnitud del problema...
El 11 de septiembre ha venido a agravar esta situación y a despertar a demonios que se hallaban dormidos.
Habitamos desde entonces un mundo más incierto e inquietante, dominado por fuertes tensiones. En tiempos de tensión se propende más fácilmente a una mayor ideologización, los análisis se ven envueltos en un clima más apasionado, se abren los arsenales de las palabras cargadas de dramatismo. Esto ocurrió en vísperas de la Primera Guerra Mundial y de la Segunda; o durante el período de la guerra fría, desde finales de los años cuarenta, que fue antes que nada una guerra ideológica; también en los años sesenta, las tensiones sociales e internacionales estimularon fenómenos de intensa ideologización. El comienzo del siglo XXI no es una excepción.
Dentro de esta corriente ideologizadora de carácter general, ocupa un lugar destacado el actual Gobierno norteamericano, fuertemente impregnado de una ideología ultrancista que alienta una percepción errónea del marco internacional y que empuja en la más disparatada de las direcciones la llamada guerra contra el terrorismo.
Y en esta contienda, como en todas, los adversarios se influyen mutuamente. El adversario, encarnado en nuestros días por el Gobierno norteamericano, ha caído víctima de una fiebre exageradamente ideológica, lo que ha propiciado una mayor ideologización de sus enemigos.
Hasta aquí, la ideologización del presente. Veamos ahora algunas de las razones que explican que ese proceso adquiera las características de un retorno ideológico.
Algunos por qués del actual retorno
En primer término ha de evocarse la debilidad teórica de las tradiciones de izquierda de las que brota el movimiento contra la globalización capitalista.
El amplio sector de jóvenes al que he hecho referencia más que evaluar críticamente el marxismo lo ha ignorado. Este desconocimiento, y la debilidad de su conciencia histórica, en general, han facilitado que se tomaran como valiosas y como nuevas ideas poco consistentes que venían de a un lejano pasado. El sector de la gente de más edad, más tradicional en sus ideas, desea muchas veces que el marxismo o algunas de sus aportaciones vuelvan a un primer plano. Este último sector ha venido viendo con recelos la reflexión autocrítica respecto a las ideas recibidas y asumidas como propias que hemos impulsado algunas corrientes minoritarias de la izquierda. El desconocimiento de unos y la falta de sentido autocrítico de otros explican algo de esta reaparición si no ya del marxismo, sí al menos de destacadas ideas marxistas o paramarxistas.
Otro elemento explicativo hace referencia a las necesidades ideológicas que la existencia misma del movimiento antiglobalización ha originado. La acción social dispersa y muchas veces puramente local en la que se emplearon muchos jóvenes en los años noventa no suscitaba estas necesidades. El nuevo movimiento, por el contrario, tiene una dimensión internacional y aborda problemas de enorme magnitud, ha de actuar en un panorama en el que se libran grandes batallas, frente a grandes enemigos y en un vasto terreno de operaciones. Este movimiento precisa de un dispositivo ideológico más ambicioso, de una imagen del mundo, de los conflictos en curso y de las fuerzas en presencia, así como de una identificación ideológica que contribuya a cohesionarlo.
Pero, en tercer lugar, el movimiento mismo apenas posee recursos para crear un sustrato ideológico sin los defectos de los anteriores. Los movimientos nuevos suelen tropezar con grandes dificultades para producir unas ideas a la medida de sus necesidades. Es ésta una cruda realidad muchas veces observada: en períodos de calma surgen pocas ideas avanzadas nuevas y, cuando surgen, arraigan difícilmente; la demanda es escasa. Por el contrario, en tiempos de mayor movilización, la elaboración de ideas nuevas es insuficiente: cuesta encontrar el tiempo para elaborar y discutir; la prioridad está en la acción. Como sentenció irónicamente Alain, "¿Por qué pensar cuando se puede actuar?" (Propos impertinents, 1906-1914, París, Fayard, 2002, p. 16).
De ahí que, en estas últimas circunstancias, lo que ocurre más frecuentemente es que un nuevo movimiento adopte ideas viejas, o, por decirlo de otro modo, elija entre diferentes ideas viejas, aunque dándoles con frecuencia un baño de novedad.
En este caso es exactamente lo que ha sucedido: se han tomado prismas pretéritos para mirar la realidad actual. El peruano Aníbal Quijano es uno de los pocos intelectuales de izquierda que ha acertado a verlo y que se ha atrevido a formularlo con claridad, cuando, comentando el II Foro Social de Porto Alegre, aludió críticamente al retorno de una ortodoxia actualizada, la de la vulgata marxista, e interpretó ese retorno como el recurso de quienes no tienen otros medios de los que echar mano y han de atender las necesidades ideológicas con los recursos disponibles (Entrevista con Ivonne Trías, Brecha, mayo de 2002). A falta de capacidad creativa, repetición de lo viejo.
---------
He tratado de resumir, aunque de forma apretada, mi apreciación sobre lo que el movimiento altermundista representa, no ya en tanto que realidad práctica sino como fuerza ideológica.
¿Cabe esperar cambios importantes en este plano en los años próximos? ¿Se activará una mayor creatividad y un mayor sentido crítico y autocrítico? Soy de la opinión de que hay que andar con pies de plomo al pronosticar algo en terrenos tan resbaladizos como éste.
Lo que puedo hacer, acaso, es precisar más los problemas añadiendo nuevos interrogantes.
¿Conoceremos nuevas obras de autores nuevos o viejos que no se conformen con los caminos trillados y que se atrevan a someter a crítica la herencia recibida?
¿Se desarrollará entre los jóvenes de este movimiento esa inquietud teórica que hasta ahora apenas se ha manifestado?
Las respuestas que la vida vaya dando a estas preguntas nos permitirán apreciar no sólo si otro mundo es posible sino también en qué medida otro movimiento altermundista es posible.
---------------------------------------------
* Año 1 N° 4 - Diciembre 2003
simbióticas