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"Si ahora tuviera que volver a escribir esta obra, ofrecería al Salvaje una tercera alternativa. Entre los cuernos utópico y primitivo de este dilema, yacería la posibilidad de la cordura, una posibilidad ya realizada, hasta cierto punto, en una comunidad de desterrados o refugiados del "mundo feliz", que viviría en una especie de reserva. En esta (...) [ Sigue... > ]
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liberar los códigos de producción tecnopolítica

Activismo Copyleft

Teresa Malina Torrent

Viernes 18 de agosto de 2006, por ediciones simbioticas

"Geeks like to think that they can ignore politics, you can leave politics alone, but politics won’t leave you alone"
RICHARD STALLMAN

Sobre la autoría [1]

En el mes de octubre del año 2004 una noticia se replicaba virulentamente por la blogosfera copyleft, llevaba por título “Han violado mi licencia copyleft: ¿y ahora qué?” [2]. Su autora, Mercé Molist, llamaba la atención sobre un artículo escrito por ella, bajo una licencia copyleft, que había sido cortado y pegado tal cual por la agencia Servimedia y vendido a sus clientes ("El Mundo" y "ABC" entre otros) como elaborado por la propia agencia. Ante la falta de respuesta a los burofax enviados a los citados medios, la periodistas pedía ayuda a la comunidad copyleft para defender la licencia: evitar que otros impongan el copyright sobre un texto libre y se salten el reconocimiento de su autoría.

Inmediatamente dos abogados pioneros en las libertades digitales y el copyleft (Javier Maestre y Carlos Almeida) ofrecieron su apoyo incondicional a Mercé y la red se volcó en una serie de protestas escritas a los medios infractores. Poco después Servimedia rectificaba públicamente, reconocía su error y emitía un teletipo explicativo a sus clientes. Mercé Molist concluía: “Cabe destacar la respuesta de la red frente a esta violación de licencia "copyleft". Antes de seguir con las acciones legales, escribí un texto donde explicaba la historia y pedía consejo a los y las internautas. La respuesta fue... emocionante. Nunca había recibido tanta solidaridad. ¿Y ahora qué?, preguntaba. Y la red tenía la respuesta.

Un año antes la Universidad Nómada organizó una serie de conferencias en torno a las patentes y la circulación del conocimiento. El centro social okupado y autogestionado, El Labo03, abría sus puertas a una conferencia de Richard Stallman. Más de un centenar de personas se atrevían a adentrarse en la Okupa para escuchar al fundador del software libre y uno de los defensores más implacables de las libertades digitales. La conferencia de Stallman se desarrolló según lo previsible: una defensa de las cuatro libertades fundamentales del software libre (libertad de uso, libertad de modificación, libertad de copia, y libertad de distribuir el software modificado) y prevención ante la amenaza que supone la aceptación de las patentes de software en Europa. En una entrevista posterior [3] se le preguntó a Richard Stallman por la dimensión política del copyleft más allá del compromiso y la motivación ética con la libertad individual de control sobre las máquinas y los programas informáticos (una de las líneas de argumentación clásicas del software libre). “El movimiento del software libre siempre ha sido político” respondió “pero su trabajo no es esencialmente político. Pero ya no podemos hacerlo, porque ahora tenemos enemigos explícitos. Nadie nos intentaba impedir antes que desarrollásemos software libre. Teníamos problemas de otro tipo, más vinculados al trabajo técnico. Sin embargo, empresas como Microsoft se declaran enemigas nuestras (...) tratan de imponer leyes que prohíben nuestro trabajo. Por eso debemos actuar de modo político contra esas leyes, al mismo tiempo que seguimos desarrollando software libre”.

Pues bien, este texto trata sobre esa dimensión política del movimiento del software libre y de la cultura y sociedad libre que éste posibilita, sobre la forma en la que el modelo productivo del copyleft ha inspirado también nuevas formas de organización y acción social, desbordando “el deber de actuar de modo político contra las leyes” para desarrollar nuevas y viejas formas de software social, creando aperturas de lo posible y lo imparable en la era de las redes informáticas.

Sombras sobre la oportunidad de un cambio histórico

Antes de la era digital el sustrato material del conocimiento registrado impedía su gestión fuera de la forma de la propiedad (condensada en la fuerza de trabajo, la energía y los recursos necesarios para reproducir y trasladar los bienes culturales). Ahora que las barreras materiales del acceso, reproducción y distribución han caído, el horizonte histórico se transforma irreversiblemente. Es de sobra conocido que en las sociedades del conocimiento el mayor factor de aumento de la producción reside en el conocimiento. Por primera vez en la historia de la humanidad, nos encontramos en un sistema social en el que el coste de la adquisición, reproducción, transmisión y modificación de los bienes que más impacto tienen en el aumento de la producción tiende a cero. La posibilidad de construir unas tierras comunales del conocimiento gestionadas distribuidamente a través de las redes telemáticas permite que el funcionamiento de la capa económica de mayor impacto productivo funcione sin la forma de la propiedad (con la necesaria exclusión de acceso, poder corporativo y acumulación de capital que ésta supone). La viabilidad de la gestión nopropietaria de esta capa está sobradamente demostrada bajo la forma de una economía de servicios y una producción e innovación recombinante y acumulativa sostenida por el reconocimiento social (y el aumento directo de la demanda de servicios que éste trae consigo), la financiación pública y el desarrollo voluntario y comunitario (ya sea de carácter científico, educativo o asociativo). El conflicto que ha destapado el éxito de la producción colaborativa del copyleft y la libre circulación de bienes inmateriales es por tanto el conflicto entre dos formas de construcción de la sociedad de la información: el modelo de la propiedad intelectual basado en la producción y gestión selectiva de una escasez artificialmente inducida y el modelo del copyleft basado en la libertad de circulación de saberes y técnicas que genera un procomún de recursos y contenidos a través de la recombinación y mejora acumulativa y distribuida de procesos digitalizados. Imposible poner en cuestión la posibilidad de este “nuevo” modelo productivo y distributivo porque hoy ya es una realidad: más de un millón de entradas de conocimiento libre en la enciclopedia más grande del mundo, más de diez mil programas de software libre empaquetados y listos para su uso en casi cualquier plataforma informática (el sistema operativo GNU/Linux, con más del 70% del mercado de servidores de Internet funcionando bajo este sistema [4]), más de dieciocho millones de páginas web [5] con licencias Creative Commons (que permiten a la usuaria al menos el permiso de copiar y reproducir la obra libremente sin ánimo de lucro), un archivo con más de diez millones de fotografías libres, un número creciente de [revistas e iniciativas viables para un conocimiento científico libre (http://plos.org o http://www.sciencecommons.org/ y miles de

canciones copyleft (por mencionar sólo algunos de los ejemplos más sobresalientes del modelo productivo del copyleft).

Sin embargo, el éxito del software, el conocimiento y la cultura libre no depende ya sólo de su capacidad productiva, sino de la creación de un movimiento que sea capaz de defender ese modelo productivo frente a los grupos de poder que pugnan por imponer sus intereses particulares en la constitución de las sociedades del conocimiento. Los programadores de software libre, para seguir siendolo, han tenido que salir a la calle reconociendo que el único código que necesitan dominar para hacer su trabajo no es el de las computadoras sino también el de las leyes y dispositivos de poder que las crean o las bloquean: forzados así a promover protestas sociales, lobbies de presión, campañas de concienciación social, intervenciones institucionales, etc. En palabras de Yochai Benkler: “Los avances democráticos, la libertad individual y el crecimiento mediante la innovación posibilitados por el surgimiento de la producción sin mercado y descentralizada no emergerán de forma inexorable. Los gigantes industriales que dominaron la producción y el intercambio de información en el siglo XX no renunciarán fácilmente a su dominación. Dado que transitamos hacia una economía de información en red, cada punto de control sobre la producción y el flujo de la información y la cultura se convierte en un punto de conflicto entre el antiguo modelo industrial de producción y los nuevos modelos distribuidos.” [6]

El copyrigth contra la comunidad en la era de la redes informáticas

El copyright surge en el S.XVI como forma de control de la libertad de circulación cultural que permitió el surgimiento de la imprenta, tan inquietante para los regímenes absolutistas de palacios y monasterios. La exclusividad del derecho de copia se afianza en la época moderna como regulación industrial de la actividad del impresor. Desde el punto de vista individual o social aceptar el copyright no suponía una renuncia real de derechos de reproducción y transmisión cultural, dado que la posibilidad real de ejercer tales derechos era técnicamente imposible en la época y, por tanto, difícilmente pensable (excepto el derecho de copia manuscrita; paradójicamente permitida). El mito romántico del genio creador de inspiración divina dibuja la figura del autor como origen y fuente de la producción cultural, cuya fragilidad y debilidad exige medidas de protección y auxilio bajo la forma de derechos de autor y de incuestionable integridad de la obra.

Heredamos hoy una perversa mezcla de los principios que guiaron el surgimiento y desarrollo de las leyes de copyright. El “Autor” es ahora un producto de la industria. Industria que explota sus derechos contra la sociedad para imponer una cultura de masas con la que sostener el aumento de beneficios económicos uniformizando los sistemas culturales de consumo. De este modo, las leyes que surgieron hace medio milenio para regular la reproducción impresa y controlar la opinión pública, han generado todo un complejo industrial y cultural, entrelazado con múltiples estructuras de poder, que toma hoy la forma de todo un régimen de propiedad intelectual.

Es mucho lo que está en juego para los grandes grupos de poder económico. Los tres sectores que mayores divisas generan para los EEUU dependen de la propiedad intelectual: la industria del software, la industria del entretenimiento y las industrias biotecnológicas (farmacéutica e ingeniería genética). Es fácil ver que con la imposición de la propiedad intelectual no se trata sólo de defender una fuente de beneficios económicos directos para los países occidentales y sus grandes corporaciones, sino de asegurar un dominio estratégico sobre los códigos culturales, la salud, la tecnología y la agricultura a escala planetaria.

Paradójicamente, los poderes de la propiedad intelectual no han podido instaurar su orden en las caóticas posibilidades abiertas por unas tecnologías cuyas consecuencias sociales se han mostrado imprevisibles. Las prácticas sociales de intercambio y producción colectiva han crecido a un ritmo impensable para la industria, que se ha visto forzada a lanzarse a una carrera de bombardeo mediático espectacular y a una bochornosa labor de lobby para defender su territorio y cercar el avance del procomún. Al verse amenazados por un sistema productivo alternativo y por la disponibilidad generalizada de mecanismos de copia y distribución, el complejo de la propiedad intelectual ha reaccionado de forma directa y violenta contra la sociedad en los tres ámbitos necesarios para asegurar su hegemonía: 1) el control técnico del flujo de la información para producir escasez y asegurar su gestión privativa, 2) el refuerzo simbólico (a través de la publicidad y la propaganda) del concepto de propiedad intelectual y el sentimiento de culpabilidad asociado al acto de copiar y reproducir libremente bienes inmateriales y 3) la creación de leyes represivas y disuasorias para la implantación efectiva de un régimen de propiedad inmaterial criminalizando el intercambio cultural y la experimentación pública con los mecanismos de control del flujo informativo. En apenas 15 años hemos presenciado el surgimiento y la extensión de agencias especiales y mecanismos jurídicos nuevos para la instauración de un orden de propiedad intelectual a escala planetaria. Es el caso del Tratado de Copyright de 1996 de la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual (WIPO, el brazo “intelectual” de la organización mundial del comercio), la DMCA norteamericana (Digital Millenium Copyright Act) o la CDEU (Directiva Europea de Copyright) orientadas a adaptar el modelo de propiedad intelectual a las nuevas realidades tecnológicas. También por la mismas fechas surgen los superproyectos de TCPAPalladium y el DRM (también conocidos bajo la engañosa etiqueta de trusted computing): acuerdos tácticos entre empresas de hardware, software y entretenimiento para impedir el intercambio de cultural imponiendo barreras tecnológicas a la copia y transmisión de archivos digitales.

Todo esto sucede con el agravante de que los monopolios tecnológicos definen las reglas de comunicación y producción cultural al margen de las leyes, generando una legislación de facto sobre las sociedades de la información, en las que el código informático regula de forma más extensiva e intensiva que el propio código jurídico. No contenta con ello, la industria tecnocultural ha conseguido insertar leyes (recogidas en las directivas anteriormente mencionadas, DMCA y CDEU) que prohíben explícitamente la investigación pública sobre estos mecanismos anticopia. Como resultado de estas medidas de “hiperprotección” podemos recordar las detenciones, a cargo del FBI, del programador ruso Dmitri Skyliarov a la salida de un congreso de seguridad informática en Nueva York, tras la denuncia de la empresa de software Adobe. O, por mencionar un caso en territorio europeo, la detención de Jon Johansen [7], programador de 15 años, por la autoría del programa DeCSS que permite reproducir DVDs en el sistema operativo GNU/Linux. La aplicación generalizada de esta legislación resultaría en una criminalización social masiva y catastrófica para la gobernabilidad de masas por lo que se institucionaliza como instrumento de una política del terror, una amenaza permanente de represión selectiva que empuje la cooperación social a la clandestinidad y la marginación mediática. Por si fuera poco todo esto sucede en un clima de expansión ilimitada de la duración y aplicabilidad del copyright y los derechos de explotación. A la llamada Ley de Mickey Mouse (por la que la legislación sobre la duración de los derechos de “propiedad” sobre una obra la extiende exponencialmente cada vez que se acerca la fecha en la que la imagen de Mickey Mouse debe pasar a dominio público) se añade ahora la amenaza de extender a 50 años y a cualquier forma de distribución (incluida Internet) los derechos de difusión de las obras. Esto implicaría que una empresa privada, al adquirir los derechos de emisión de una obra, obtendría durante 50 años, el monopolio exclusivo de su emisión pública (vía televisión, radio y/o Internet) aunque la obra fuera copyleft o hubiera pasado ya al dominio público [8].

Otra de las líneas estratégica de imposición de un régimen de propiedad intelectual es la asfixia de los espacios y los recursos inmateriales públicos institucionalizados (fruto de años de lucha por los derechos de acceso a la cultura). Entre ellas la cláusula de prohibición, sin el permiso expreso del titular de los derechos de la obra, del préstamo público que incluyen la nuevas licencias copyright de casi la totalidad de las editoriales. Esto supondría, hoy por hoy, la paralización de adquisición de nuevas obras en las bibliotecas públicas, cuyos recursos económicos deberán reducirse casi exclusivamente al pago de “derechos de autor”. Otra situación igualmente preocupante es la progresiva privatización de la investigación de financiación pública a través de marcadores académicos (que definen las líneas y grupos de investigación financiables) definidos en virtud del número de patentes y publicaciones en revistas con copyright restrictivo (que generalmente prohíben incluso la reproducción de la obra para fines didácticos).

Instaurar este sistemático recorte de libertades y el control comunicativo necesario para gestionar la propiedad intelectual exige una invasión de la intimidad comunicativa y tecnológica sin precedentes. Para ello, es requisito previo dislocar la percepción pública de derechos universales como el de acceso a la cultura, la libertad de expresión, la creación recombinante y la autonomía en la gestión de los recursos tecnológicos. El contorsionismo simbólico necesario para transformar nuestras escalas de valores incluye ejercicios cotidianos como el bombardeo mediático que asocia gratuitamente el terrorismo [9] con el libre intercambio de cultura (la mal llamada piratería -otra pirueta lingüística que el copyright ha conseguido insertar en lenguaje ordinario), comparar la copia privada de bienes culturales con la copia en un examen o equiparar la descarga de música con el robo con violencia [10] .

Una vez establecidas estas falsas premisas, ahora sí, ya es posible castigar con penas de hasta dos años de prisión (como prevee la nueva Ley de Propiedad Intelectual) a quien decida descargargase de Internet una canción sin permiso de su autor. El talón de Aquiles del régimen de propiedad intelectual reside precisamente en la visibilidad de la violencia que ejerce sobre los usos y prácticas de la sociedad de la información y la inferior capacidad recombinante y acumulativa de su modelo productivo. Su fortaleza es el dominio de los medios de distribución y producción de la cultura de masas y gran parte de su sustrato tecnológico.

Embriogénesis de los cuerpos políticos del copyleft

Recientemente la ministra española de educación y cultura insultaba al sentido común proclamando que “la cultura sin la industria no existe”. El monopolio de la representación que ejerce la industria tecnocultural eclipsa los factores productivos que sostienen y originan los procesos culturales: la sociedad misma (con o sin industria, incluso a pesar de ella). Internet surgió y se desarrolló al margen de las grandes inversiones económicas y las multinacionales. Sólo mucho más tarde intentaron éstas apropiarse del nuevo entorno en lo que vino a llamarse el boom de las puntocom. El esquema se repite una y otra vez en la historia de la cultura y la técnica. Diversas corrientes y contracorrientes culturales y sociales dan lugar a un fenómeno nuevo, dotándolo de una significatividad propia, de una capacidad socialmente vinculante y efectiva. Sólo después se cristalizan o se desplazan allí las grandes estructuras de poder incapaces de crear por sí mismas novedades socialmente significativas, territorios simbólicos nuevos. Si bien es imposible pensar la totalidad de la cultura y la tecnología actual sin hacer referencia a la industria; igualmente imposible resulta explicar esa totalidad sin hacer referencia a otros factores, movimientos y aspiraciones que la precedieron y que la siguen haciendo posible. Representar a la cultura y a su sustrato tecnológico como exclusivo de la industria, y al copyleft como reciente amenaza oportunista de aficionados y “piratas”, es una exigencia del copyright para justificarse a sí mismo; no sólo negándole una identidad al oponente sino sustrayéndolo de una historia y un contexto que de razón de su existencia y visión de su potencia.

En cuanto a la formación de un sujeto político para y desde la tecnocultura libre, ni existe un vacío cósmico previo al bigbang de las redes informáticas ni la tecnocultura se le aparece como un mar contenido exclusivamente en la frágil pecera del mercado de la propiedad intelectual.

Por el contrario toda una serie de agentes de cambio estaban ya allí antes y durante el surgimiento de la red y de las computadoras y de las posibilidades que éstas generalizan. Las trayectorias de estos agentes estaban claramente vinculadas a aspiraciones de tipo sociopolítico en la forma de una lucha por la liberación de la cultura y el conocimiento (y con ello del dominio psicológico, simbólico y técnico) siempre de la mano de una cultura de la libertad (que tan claramente ha heredado el software libre).

Como bien ha sabido reflejar Luther Blisset en la novela histórica Q, el surgimiento de la imprenta, paralelamente al surgimiento del protestantismo y los sucesivos levantamientos que recorrieron Europa durante el S.XVI, supone un punto de partida ineludible en la historia de la liberación cultural (entonces bajo la forma de la religión). Se suceden enciclopedistas, promotores de museos públicos, educadores, periodistas en defensa de la libertad de expresión, investigadores o bibliotecarias. Valga como ejemplo el gran movimiento de alfabetización y acceso a la cultura que impregnó Europa con el advenimiento de las revoluciones socialistas a principios del S.XX y, especialmente, durante la segunda república y la guerra civil española. En fin, el conjunto de luchas sociales que conquistaron los derechos de educación pública, libertad de expresión y acceso universal a la cultura y al conocimiento desaparecen por completo de la capacidad de pensamiento de nuestros ministerios.

La intensidad de la memoria más reciente permite distinguir muchas más trayectorias cercanas que convergen en las luchas digitales que hoy vivimos: algunos cibernetistas de los año 40 y 50, redes de aficionadas a las computadoras, luchadoras en favor del acceso universal a las líneas telefónicas, movimientos literarios y contraculturales (como el ciberpunk), comunidades de científicos, yippies, criptoanarquistas, comunidades de programadores (como las del MIT o Berkeley), mediactivistas (con un ejemplo paradigmático en las radios libres), promotoras contraculturales, pedagogos, artistas del collage y la recombinación libre, subvertisers (subversores del lenguaje y los dispositivos publicitarios), guerrilleras de la comunicación (como Sonja Brünzels o Luther Blisset), ...

Lo que se perfila hoy como sujeto político copyleft no surge por tanto exclusivamente como reacción a los atropellos que los lobbies del copyright están ejerciendo sobre la sociedad: no se trata de un sujeto que se define sólo en oposición. Por el contrario los cuerpos activistas del movimiento copyleft parten de múltiples experiencias comunitarias e históricas, transformadas, eso sí, por las nuevas posibilidades tecnológicas, las redes informáticas y los nuevos contextos del conocimiento.

Comunidad, tecnociencia, trabajo y cooperación en la constitución del activismo copyleft

[... continúa en el archivo del final]

NOTAS

[1] Soy sólo enunciadora de una comunidad, compresora de discursos que rodean mi habitar las redes, reflejo de mi existencia como cruce colectivo de experiencias y aspiraciones. Mi firma esconde multitud de cuerpos en diálogo para narrar su experiencia compartida: transformar la exigencia de autoría en oportunidad para construir identidad cooperativa. Este texto documenta la presencia de un movimiento sin representar a nadie, narra una suerte de “intrahistoria” no representable de agentes y fuerzas de cambio que resisten activamente delegar sus voces y su poder comunicativo, siempre activo en las interfaces del cambio, creando cuerpos políticos en las resistencias y conflictos de la sociedad de la información: ahí es donde apunta este texto señalando tácticas y oportunidades para la acción y la producción, abriendo puertas y desplazando las barreras conceptuales que construye el discurso del poder corporativo en las alambradas de la propiedad intelectual.

[2] La nota completa puede consultarse en:http://ww2.grn.es/merce/literature/copyleft.html. La misma nota recogida en uno de los foros de debate más relevantes dentro de la comunidad de programadores y amantes de la cultura libre en español:http://barrapunto.com/article.pl?sid=04/11/12/1522255

[3] Entrevista publicada en la revista ARCHIPIÉLAGO nº 55.

[4] Debian http://debian.org es el proyecto de coordinación de software libre más grande. Para un análisis detallado del éxito y la viabilidad del Software Libre se recomienda consultar: http://www.dwheeler.com/oss_fs_why.html

[5] De acuerdo con http://www.openbusiness.cc/cc_stat/index.php

[6] Yochai Benkler, La economía política del procomún. Publicado en la Biblioweb de SinDominio.Net http://biblioweb.sindominio.net/telematica/yochai.html

[7] La propia CNN se hizo eco de la detención de Jon Johansen, finalmente absuelto de las acusaciones que pendían sobre él. Para un seguimient exahustivo del caso este caso puede consultarse http://efn.no/jonjohansen-en.html

[8] Para más información consultar:http://www.eff.org/IP/WIPO/broadcasting_treaty/

[9] En una campaña de anuncios televisivos desarrollada conjuntamente entre la Federación para la Protección de la Propiedad Intelectual y Tele5 se puede observar las secuencias contínuas de unas imágenes del "Top Manta" y las Torres Gemelas siendo derribadas. Igualmente sorprendentes son las declaraciones de José Manuel Tourné (director general de la Federación Antipirateria) afirmando que: “Nadie, salvo campañas aisladas, ha hecho nada por sensibilizar a la sociedad y hay que recordar que este problema [el de la “piratería”, osea el de la copia y distribución de bienes culturales sin permiso expreso del autor] está en la base de actuaciones terroristas como las del 11M". Otro tanto con el informe de la IFPI titulado “La piratería musical, el crimen organizado y el terrorismo

[10] "No robarías un coche. No robarías un bolso. No robarías un televisor. No robarias una película. El robo en internet queda registrado. El robo es ilegal. La pirateria es un delito. Ahora la ley actua.". Rezaba la Campaña Ahora la ley actúa de la Federación para la Protección de la Propiedad Intelectual y Federación AntiPiratería (FAP) al tiempo que el video mostraba imágenes de robo con violencia. Ésta y otras campañas de la FAP pueden encontrarse en http://www.fap.org.es/campanias_historico.asp

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Teresa Malina Torrent
teresamalina@terra.es
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----------------- Fuente: Mujeres en Red

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